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Jueves

JUEVES

Pueblo nevado

      Las estrellas caían del cielo en forma de copos de nieve, mecidas por el frío viento del norte de Europa. Remolinos de azúcar espolvoreaban casitas de chocolate dormidas entre las montañas que las pastoreaban en el valle. Era un jueves cualquiera, y la luna nueva ya había huido en busca de tierras más cálidas. Sin embargo, ni las pocas chimeneas que aún humeaban la echaban de menos. Un sonido lejano sacó de su estupor a la cima de una montaña, que al girarse para ver qué pasaba, provocó un alud. Un halo invisible fue tocando cada portal, cada árbol, cada farola. Poco a poco el sonido se fue acercando a las casitas hasta que éstas empezaron a vibrar y, antes de darse cuenta, con su ajetreo formaron parte del ruido; un ruido extraño, que tira la nieve allí por donde corre. Precisamente…

      –¡Corre!– No había tiempo para explicaciones. Toda la casa se estremecía entre gritos y crujidos. El temblor de las paredes había ido cobrando fuerza lentamente durante la última hora, pero Marianne había llegado incluso a acostumbrarse a él. El leve balanceo la mecía, e incluso le ayudó a coger el sueño. Pero se había convertido ya en sacudida cuando la voz de su madre la levantó. –¡Corre!– ¿A dónde correr? Mamá no hacía más que dar vueltas por la casa, papá no estaba, y su hermano pequeño solo la miraba esperando noticias. Cogió el abrigo, las botas y el gorro, vistió a su hermano y le preguntó a su madre qué hacer.

      -¿Qué hacéis todavía aquí? Sal con Diego de la casa. ¡Corre!- Le dijo a la niña con la cara completamente descompuesta. –Tu padre está abajo con los otros vecinos, buscadle y quedaos con él. Antes salir pudo notar el viento helado que se colaba por el marco donde nunca había encajado la puerta. Se dirigieron a las escaleras del edificio, y vio como alguien había sembrado en el suelo los cristales de las ventanas. Se pegó al lateral y obligó a su hermano a hacer lo mismo. Muy despacio, empezaron a bajar las escaleras. La escasa luz de las tres de la mañana escondía los recovecos de la nueva casa. Si aún viviera en su antiguo chalet, ya estaría fuera. No solo lo conocía como la palma de su mano, sino que además, no tenía escaleras. Fue tanteando con el pie para asegurarse de que el siguiente escalón no había iniciado la escapada antes que ellos. Con una mano iba siguiendo el perfil de la pared; con la otra mantenía cerca de su hermano para que no se alejase demasiado. Al llegar al segundo piso, se mejoró la visibilidad, gracias a la luz que iluminaba la escalera que se abría ante ellos. Una enorme grieta les permitía ver el piso inferior, y una nube de polvo intentaba subir al piso de arriba.

      -¿Papá?- Preguntó Diego tiritando de frío.

-Ya vamos con papá. Tú ahora haz solo lo que yo haga.- Ella no tendría ningún problema en saltar, pero Diego era tan pequeño… No sabía qué hacer con él. Se asomó, escrutando cada trozo de peldaño en busca del lugar más seguro donde poder pisar y muy despacio le fue mostrando a su hermano el camino. -Aquí, aquí y ahora aquí. Ahí no, que te vas para abajo. Venga, que ya estamos.- Y de un salto, sortearon el último espacio sin escalón y para caer en suelo más firme. Siguieron adelante. La pared se había derrumbado sobre la escalera y, tumbadas como dos amantes, tapaban el camino de los niños. Por más que miraba, no conseguían distinguir un hueco por el que colarse. La luz aquí era ínfima y la poca que sobrevivía, lo hacía bajo un manto de polvo rojizo.

      -¿Y ahora?

      -Pues ahora, no lo sé. Tápate la boca con el gorro hasta que piense algo.

      Una y mil veces recorrió los guijarros con la mirada, en busca de un rayo de luz que quisiera escaparse entre los escombros, y una y mil veces volvió hasta el primero sin éxito. No podían ir de frente, solo podían salir por el hueco de la escalera, o por la ventana, pero estaban demasiado alejados del suelo. Al menos ahí no hacía tanto frío.

      -¡Papá!- Llamó. -Vamos, Diego, ayúdame. ¡Papá!- gritaron los dos pidiendo ayuda. -¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!- Ella cesó en el intento al comprender que si su padre estaba con los vecinos, también ellos deberían oír al resto, pero su hermano siguió cada vez más alto; cada vez más agudo y desesperado. El eco de la voz del niño resonaba escaleras arriba contra los fríos muros, pero hacia abajo era absorbido por una montaña de tierra y ladrillos.

      -¡Cállate idiota! ¿No ves que no sirve de nada?- Se dejo caer, descorazonada y con el ceño fruncido, mirando a su hermano como si él tuviera la culpa de todo.

      -Si no hubieras nacido, no estaríamos en esta casa y no tendría que bajar escaleras para salir a la calle.- Y le escupió cada palabra como si hubieran estado rebozadas en bilis mientras le salían desde el corazón hasta la garganta. -¡Papá!- Gritó el niño al notar el asalto de las lágrimas que le hicieron humedecerse los ojos. ¡Papaaaaaaaaapapapapapapapapapá!- gritó hasta que se puso rojo. -¡Cállate! Te he dicho que te tapes la boca- Y se dio media vuelta para volver sobre sus pasos. Estaban atrapados entre el primer y el segundo piso. No podían avanzar, y solo la idea de retroceder iba cobrando sentido. Quizá su madre tuviera una cuerda o algo con lo que excavar un túnel. Sí, su madre sabría qué hacer. Apenas llevaba unos pasos cuando se detuvo al comprobar que el suelo volvía a temblar de nuevo.

      -¡Ven, corre!

      -No quiero. Quiero ir con papá.

      -Ven idiota, que te va a caer una piedra en la cabeza y ya verás.

      -Vale.- Y, no sin regalarle a su hermana una mirada enrojecida por el llanto y la ira, se acercó a ella. Lo abrazó y le obligó a sentarse, intentando cubrirlo con su cuerpo. Ahora podía oír claramente la amenaza que, con la boca seca, pronunciaba el terremoto. Quería llevarse a ella y a su hermano sepultándoles bajo una pared, negándoles el suelo sobre el que estaban, o asfixiándolos entre polvo y telarañas. Pero ella no pretendía dejarle hacer eso. Apretó muy fuerte a su hermano y notó como le caían trozos de yeso en la cabeza y la espalda. Se subió la bufanda para no respirar las partículas de edificio muerto que se colaban por la nariz, y apretó los dientes y los ojos para no dejar salir ni una sola lágrima. De pronto, la réplica del terremoto cesó tan súbito como había empezado.

      -¿Estás bien Marianne?

      -Sí Diego. ¿Y tú?

      -Sí. Me has hecho daño.

      -No quería que te pasara nada malo.

      -¿No quieres que no haya nacido?

      -Claro que quiero que hayas nacido.

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01-ABRIL-1944

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Comentarios

2 comentarios en “JUEVES

  1. 🙂

    Publicado por Feliztupidez | julio 19, 2012, 3:04 am
  2. Muy original idea

    Publicado por reycuba | julio 4, 2012, 5:44 pm

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